Las fábricas y las ciudades de China necesitan cada vez más petróleo, gas natural y electricidad. Pero, ¿hasta qué punto el crecimiento económico chino puede poner en jaque el mercado energético mundial?
Hasta hace apenas quince años, China era el principal exportador de petróleo de Asia oriental. Hoy, en cambio, es el segundo importador mundial por detrás de Estados Unidos; compra el 40% del crudo que consume.
Y sus necesidades van en aumento, a la par que las cifras de crecimiento de su economía. No sólo de petróleo: con una cuota del 13,6%, China es también el segundo consumidor de fuentes de energía primaria, porcentaje que según algunos estudios podría aumentar hasta el 16-18% para el año 2020.
Ante estas perspectivas, Occidente ha empezado a mirar con recelo las consecuencias que tal volumen de demanda podría tener en el mercado energético mundial, justo cuando parece ampliamente asumida la idea de que las reservas de oro negro tienen fecha de caducidad; y no demasiado lejana.
Algunos analistas sostienen que los más de 70 dólares a los que ya cotiza el barril de Brent se explican, en buena medida, por el efecto onda del empuje chino.
Tal como insistieron los delegados del forum energético celebrado a finales de mayo en Kuwait, una de las razones por las que se da por segura una alza sostenida del precio del crudo –hasta los 105 dólares/barril, según una proyección del banco de inversiones Goldman Sachs- son las robustas previsiones de demanda del continente asiático, con China, y en menor medida India, a la cabeza.
No en vano, más de un tercio de las nuevas compras petrolíferas registradas en el mercado desde el año 2000 las cursó el gobierno de Pekín.
Para el profesor Philip Andrews-Speed, director del Centro de Política y Legislación sobre Energía, Petróleo y Minerales de la Universidad de Dundee, en el Reino Unido, “sin duda, el aumento sostenido de la demanda china ha sido uno de los muchos factores que han apuntalado al alza el precio del crudo, especialmente en los años 2003 y 2004. Pero [la demanda china] se estabilizó en el 2005 y los precios continúan siendo elevados”.
Quizás porque, como apuntaba recientemente el ministro del Petróleo del emirato de Qatar, la volatilidad de los precios depende ahora mucho más de las tensiones políticas en la región del Golfo Pérsico que de las leyes de oferta y demanda.
En algunos círculos de opinión –abanderados por voces como la de James Lilley, embajador de los Estados Unidos en China de 1989 a 1991, o la de Dave O’Reilly, presidente de la Chevron Corporation- ha empezado a hacer mella la idea de que Pekín está dispuesto a desatar una guerra de pagos con tal de satisfacer sus necesidades petrolíferas.
Los analistas consultados por Asiared, en cambio, coinciden en que el primer interesado en contener los precios internacionales es el gobierno chino.
“Una fluctuación importante –valora David Zweig, director del Centro sobre Relaciones Transnacionales de China de la Universidad de Hong Kong- crearía serios problemas domésticos. Por ejemplo, los taxistas están muy molestos con los aumentos de precios de los carburantes [en lo que va de año, Pekín ha autorizado subidas de más de un 15%, y no descarta nuevos anuncios] porque no les está permitido recuperarse con una alza de las tarifas al cliente”.
Pero no es sólo cuestión de mantener la paz social sino también de proteger las arcas públicas, ya que difícilmente el gobierno podría sostener un agrandamiento del diferencial entre los precios reales del crudo en el mercado internacional y los que, obsesionado por contener la inflación, fija artificialmente bajos (un 40% inferiores al nivel de coste) para el consumo nacional.
De hecho, cuando el verano pasado se llegó por primera vez a la barrera de los 70 dólares/barril, China redujo las compras de petróleo extranjero, medida que repitió hace apenas dos meses.
“Irán, Sudán, Venezuela... Están en todas partes”
“El gobierno –explica James A.C. Sinclair, director de Estrategia en la oficina de Shanghai de la asesoría
InterChina Consulting- está cada vez más preocupado por la seguridad energética de China. Y porque entiende que la seguridad nacional incluye la seguridad energética, está desplegando todos sus recursos financieros y diplomáticos para solucionar las cuestiones de suministro con un cierto sentido de urgencia”.
Precisamente, otra de las quejas formuladas, sobre todo en Washington, tiene que ver con esta política de alianzas comerciales y connivencia política que Pekín está tejiendo con ciertos regímenes poco respetuosos con los derechos humanos o abiertamente hostiles a la Administración de la Casa Blanca.
James Lilley lo dijo hace un año: “Los chinos mantienen una búsqueda agresiva [de crudo] en todo el mundo; sea en Irán, Sudán o Venezuela, cualquiera [país] que nombres, allí están ellos”.
En un artículo publicado en Foreign Affairs, el profesor Zweig recordaba que “Pekín ha estado animando a los representantes de las empresas controladas por el Estado a que asegurasen acuerdos de exploración y suministro con países productores de petróleo, gas y otras fuentes de energía.
Al tiempo, ha estado cortejando a los gobiernos de estos estados, creando una clientela fortaleciendo las relaciones comerciales bilaterales, concediendo ayudas, perdonando deuda nacional, y ayudando a construir carreteras, puentes, estadios y puertos. A cambio, China ha ganado acceso a recursos claves, des de oro de Bolivia a carbón de Filipinas o petróleo de Ecuador y gas natural de Australia.
La búsqueda de recursos por parte de China ha supuesto un beneficio a ciertos estados, especialmente países en desarrollo (...). Pero para otros, particularmente Estados Unidos y Japón, la insaciabilidad china es motivo de preocupación. A algunos les preocupa que Pekín entre en su esfera de influencia o concierte acuerdos con países a los cuales se intenta marginar.”
La dependencia petrolífera, explica Zweig, ha hecho de China un jugador activo en Oriente Próximo –región de la que proviene un 45% del crudo que compró en 2004-, en el África subsahariana –que participa en el pastel con una cuota del 28,7% y donde Pekín “ha empezado a amenazar la influencia de Estados Unidos” en algunos países- y en América Latina.
Con excepción de Arabia Saudita y Rusia, segundo y quinto proveedores respectivamente, China ha sabido colarse en puertos de, hasta ahora, segunda división: Angola, Omán, Irán, Sudán, Vietnam, Yemen, Congo e Indonesia y en menor medida Guinea Ecuatorial, Nigeria, Chad, Gabón y Camerún (consultar PDF pide de página).
Pero si algo preocupa especialmente de las necesidades energéticas chinas son sus previsiones de futuro, a la luz de un crecimiento económico que persiste en mantenerse, año tras año, en índices próximos al 10%. ¿Significa eso un aumento equiparable de la demanda de fuentes de energía primarias?
Ante todo, el profesor Sinclair insiste en contextualizar cifras y valoraciones: “El consumo energético chino per cápita es el 66% de la media mundial, y sólo el 13,4% del de los norteamericanos.
Las previsiones de InterChina Consulting son que crecerá una media anual de entre el 3 y el 3,8% durante los próximos quince años, nivel ligeramente inferior al registrado en las últimas dos décadas. ¿Las razones? En primer lugar, porque creemos que el crecimiento del PIB chino se ralenterizará un poco; en segundo lugar, porque habrá cambios estructurales en la economía china, con previsiones de declive en ciertos sectores de consumo intensivo de energía; y por último, por las mejoras en los niveles de eficiencia energética”.
El gran reto: diversificarAunque suene sorprendente, en la era de los vehículos a biodiesel China es aún muy dependiente del carbón: este mineral provee el 69% del total de energía consumida, mientras que el petróleo se sitúa en un lejano 22%.
“Muchos creen –asegura el responsable de InterChina Consulting en Shanghai- que el país se encuentra hoy en una encrucijada crítica: mientras por un lado es reacio a abandonar la explotación del carbón a corto término, a la vez debe poner en marcha políticas que le garanticen la seguridad energética a medio-largo plazo.”
A pesar de que a quince años vista el carbón continuará suministrando la mitad de la fuerza energética consumida (“el gran reto –apunta el profesor de Política Energética de la Universidad de Dundee, Andrews-Speed- es hacerlo más limpio y mucho más eficiente”), de todas las fuentes candidatas a ganarle terreno, el petróleo es la mejor situada en términos relativos (5 puntos más) y absolutos (de 309 millones de toneladas consumidas en el año 2004 a 600), seguido del gas natural y la energía hidráulica.
Eso significa que, de seguir la actual política de moderada contención en la explotación de los recursos propios (según un estudio de British Petroleum, las reservas probadas chinas de crudo serían de 2,3 billones de toneladas, “lo que daría para 13 años en los actuales niveles de producción”, apostilla James A.C. Sinclair), Pekín debería importar en 2020 casi el 70% del petróleo necesario.
Y eso le plantea, según los estudios de InterChina Consulting, al menos cuatro problemas nada desdeñables:
Garantizar el suministro: la mitad de las importaciones de crudo chinas proceden, hoy, de la convulsa región de Oriente Próximo, por lo que el gobierno ha fijado como prioridad en la agenda política nacional la diversificación de sus bases de suministro en el extranjero y el desarrollo de las reservas domésticas.
Luchar contra el derroche masivo y la ineficiencia de la industria energética, “una de las causas más importantes –asegura el profesor Sinclair- de la actual inseguridad energética china. Para producir 1 dólar de PIB, el país necesita cinco veces más energía que Estados Unidos y once veces más que Japón (...) y un coche fabricado en China consume entre un 20 y un 30% más de carburante que un modelo extranjero equiparable, según datos del Centro Chino de Investigación y Tecnología del Automóvil”.
Ajustar el proteccionismo al consumidor: “el gobierno es muy consciente de la necesidad de reflejar en los precios domésticos –de carburantes, gas natural y electricidad, fijados por la
Comisión Nacional para la Reforma y el Desarrollo- las señales de suministro y demanda. Hasta que no lo haga, persistirán los cortes de suministro energético. (...) Los bajos precios del petróleo refinado actúan a modo de subsidio al sector automoción. Por ejemplo, a pesar que la CNRD aumentó los precios al por menor de la gasolina en marzo de 2005, estuvo poco dispuesta a hacer lo mismo en el diesel, para evitar afectar a los agricultores durante la estación de sembrado. Las refinerías respondieron produciendo más gasolina que diesel, lo que provocó un déficit de suministro de gasoil a nivel nacional que sólo se resolvió dos meses después cuando la CNRD permitió aumentar el precio del diesel”.
Buscar alternativas en el transporte de crudo: la circulación especialmente difícil a lo largo del río Yangtze está restringiendo el suministro a provincias del interior, lo cual da un valor estratégico muy importante a la firma y materialización de acuerdos para la construcción de oleoductos como los logrados con Rusia y Kazajstán.
Ante estas perspectivas y consciente de la lacra futura que suponen los actuales niveles de contaminación medioambiental, parece que Pekín ha aceptado la idea que va a tener que reestructurar, es decir, diversificar su abanico de fuentes de energía primarias.
El pasado 1 de enero entró en vigor la llamada Ley para la Promoción de Energía Renovable, entendiendo como tal todas fuentes no fósiles como la eólica, la solar, la hidráulica, la de biomasa, la geotermal, la oceánica, etc.
“Uno de los objetivos –remarca el delegado en Shanghai de InterChina Consulting- es conseguir que en 2020, las energías renovables supongan un 15% del total del consumo energético nacional. Para ello, el gobierno ha previsto una inversión de 180 mil millones de dólares” que, entre otras cosas, abre un atractivo margen de juego a empresas internacionales.
El sector eólico es el que, hoy por hoy, ofrece un mejor potencial tanto en número de proyectos como en ventaja competitiva de las firmas extranjeras sobre sus competidores chinos. Entre las mejor situadas, la española Gamesa Corporación Tecnológica, con sede en Vitoria-Gasteiz.